02 marzo 2026

80 años Arquitectura Tec de Monterrey: carácter, memoria y formación

A ocho décadas de su fundación, la carrera de Arquitectura del Tec de Monterrey revela, a través de sus voces, que formar arquitectos es formar carácter, conciencia y responsabilidad.

Por: Monserrat Navarro, enviada a Monterrey

Fotos: Archivo Glocal Design/cortesía

80 años de Arquitectura en el Tec de Monterrey: memoria y responsabilidad

Monterrey no es una ciudad que conceda treguas.


El clima es extremo, el crecimiento es acelerado y el territorio impone carácter. En este contexto exigente, hace ocho décadas, nació la carrera de Arquitectura del Tecnológico de Monterrey.

La celebración del aniversario no se quedó en cifras ni en discursos institucionales. Fue, sobre todo, una conversación sobre formación y responsabilidad. En diálogo con Glocal, académicos y egresados regresaron al campus para reflexionar sobre lo que realmente significa formar arquitectos durante ocho décadas.

Lo que emergió no fue una lista de edificios. Fue algo más profundo: memoria.

La frase que no se olvida

Francisco González-Pulido, arquitecto egresado del Tec de Monterrey y fundador de FGP Atelier, es uno de los mexicanos con mayor proyección internacional en la disciplina. Cuando recuerda su etapa como estudiante, la historia no comienza en Chicago ni en los aeropuertos internacionales. Comienza en el aula.

Habla de un profesor severo que lo confrontó y puso en duda su vocación. Y habla también de Antonio Méndez, quien le dijo algo que lo acompañaría toda la vida:


“Tú tienes la responsabilidad de ser un gran arquitecto.”

No lo entendió como elogio. Lo entendió como compromiso.

Esa conciencia de responsabilidad comenzó en el aula y se consolidó más tarde en su práctica profesional.

Tras graduarse, se integró a la oficina del arquitecto alemán Helmut Jahn en Chicago. Lo que inició como aprendizaje se convirtió en una relación de 18 años que atravesó distintas etapas: mentoría, sociedad, colaboración creativa y, finalmente, una tensión inevitable entre generaciones. La separación fue necesaria y profundamente emotiva. Años después, la muerte de Jahn dejó una ausencia que sigue presente.

Hoy, cada decisión importante parece llevar una pregunta silenciosa: ¿qué habría hecho Helmut?

De esa trayectoria quedó una convicción clara:


“No me enamoro del objeto, me enamoro del proceso.”

Francisco se define como anti-estilístico. No busca que sus edificios sean reconocibles por una firma formal, sino por su desempeño y su impacto real. La arquitectura, insiste, no es una cuestión de imagen; es una cuestión de responsabilidad.

Pertenecer a una historia

Gilberto L. Rodríguez, arquitecto regiomontano, fundador de GLR Arquitectos y actual presidente del Consejo de la Escuela de Arquitectura, Arte y Diseño del Tec, habla desde otro lugar: el de la pertenencia.

Su vínculo con el Tec no se limita a haber estudiado ahí. Su abuelo fue uno de los 21 fundadores del Tecnológico de Monterrey. Su padre formó parte del primer equipo de Borregos en 1945. Él fue estudiante, más tarde profesor, coordinador de la Cátedra Luis Barragán y hoy forma parte activa del rumbo académico de la institución.

La institución forma parte de su historia familiar.

Recuerda una formación técnica rigurosa: estructuras, historia sólida, cursos compartidos con ingeniería civil. Esa disciplina marcó su criterio.

También habla de influencias tempranas. De niño vivió en una casa moderna vinculada al legado de Enrique de la Mora, experiencia que lo marcó profundamente. Durante su formación, la figura de Luis Barragán tenía una presencia dominante en el panorama mexicano. Lo admiró, pero eligió no replicar su lenguaje cromático para evitar caer en el cliché.

Su arquitectura atravesó distintas etapas —monocromía blanca, contrastes radicales, concreto aparente— hasta evolucionar hacia una contemporaneidad más cálida, con piedra y tonos terrosos, siempre vinculada al paisaje regiomontano.

Pero antes que cualquier lenguaje formal, insiste en algo esencial: el clima.

Primero responde al clima. Lo demás viene después

Aprendió arquitectura bioclimática antes de que la sustentabilidad fuera tendencia. Orientación correcta, ventilación cruzada, soluciones pasivas. En tres décadas vio pasar certificaciones y modas; su postura fue más sencilla y más contundente: integrar principios eficientes sin depender de etiquetas. Hoy, su visión resume ocho décadas de aprendizaje: la arquitectura solo permanece cuando entiende el lugar al que pertenece.

Integrar conocimiento en un mundo complejo

Mark Wood, Decano Regional en Monterrey de la Escuela de Arquitectura, Arte y Diseño, observa la transformación desde la academia. Para él, en ocho décadas la evolución tecnológica ha sido radical: herramientas digitales, procesos automatizados, inteligencia artificial integrada en el aula.

Pero el cambio más profundo no es instrumental, sino contextual.

Las ciudades son más complejas. Los retos ambientales son más urgentes. Los actores involucrados en un proyecto son más diversos. En ese escenario, el arquitecto ya no puede asumirse como autor aislado.

El arquitecto es un integrador de conocimiento”.

La formación debe ir más allá de la herramienta. Debe fortalecer el juicio, la ética y la capacidad de colaboración. La tecnología puede potenciar el proceso, pero no sustituye la conciencia.

Entender el territorio antes de intervenirlo

Alessandra Cireddu, Directora Nacional del Programa de Arquitectura, insiste en que enseñar arquitectura hoy implica fortalecer la investigación y el pensamiento crítico.

La arquitectura no nace de la inspiración espontánea. Nace del cuestionamiento.

Si no hay problema, no hay solución”.

El estudiante debe aprender a leer el territorio antes de intervenirlo: entender dinámicas sociales, económicas, ambientales y de género. Reconocer que el espacio no es neutro y que cada decisión tiene implicaciones reales en la vida de las personas.

Muchos llegan pensando que elegirán materiales o formas. Descubren que están incidiendo en sistemas complejos. Ese desplazamiento de mirada es, quizá, la transformación más importante.

Ochenta años después

En todas las conversaciones aparece un hilo común: responsabilidad.

Responsabilidad personal, como la que marcó a Francisco desde el aula.
Responsabilidad climática y contextual, como la que Gilberto defiende desde la práctica.
Responsabilidad colaborativa, como la que Mark considera indispensable.
Responsabilidad crítica y social, como la que Alessandra impulsa desde la academia.

Ochenta años después, la carrera de Arquitectura del Tec no se define únicamente por sus herramientas ni por sus edificios. Se define por el carácter que forma.

En Monterrey —una ciudad que sigue creciendo y tensionándose— esa formación no es solo académica.

Es una postura frente al mundo.




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