5 noviembre 2026

5 noviembre 2026

El otro jardín: ofrenda y memoria en Casa Ortega

En Casa Ortega, Miguel de la Torre, Axel Arañó y Lucio Muniain dieron forma a El otro jardín: una propuesta donde los espejos vinculan el paisaje de Barragán con la memoria de quienes ya no están.
Fotos: Jaime Navarro
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El otro jardín: un reflejo para encontrarnos con quienes ya no están

En Casa Ortega, Miguel de la Torre, Axel Arañó y Lucio Muniain exploraron el encuentro entre vivos y muertos a través de una intervención que hizo del paisaje y su reflejo parte del ritual.

Hay un jardín que podemos caminar, oler y tocar. Frente al espejo aparece otro: cercano, reconocible y, al mismo tiempo, imposible de habitar. En esa relación encuentra sentido El otro jardín, la propuesta de Miguel de la Torre, Axel Arañó y Lucio Muniain presentada en Casa Ortega como parte de Open House CDMX Día de Muertos 2026. La intervención llevó la tradición al paisaje de Luis Barragán, donde recordar también podía comenzar con una manera distinta de mirar.

Un jardín que se prolonga en el espejo

Intervenir un espacio de Barragán implicaba tomar una decisión esencial: cómo incorporar una obra temporal y mantener la presencia del lugar. Para los arquitectos, el espejo permitió trabajar desde esa relación de respeto. Al devolver la imagen del entorno, las piezas prolongaban visualmente el jardín e incorporaban el paisaje a la instalación.

Miguel de la Torre explica que esa elección tuvo dos razones. La primera surgió del propio sitio:

“En lugar de taparlo, lo estamos potencializando con el reflejo”.

Así, el jardín participaba en la construcción de la obra. Su imagen se repetía sobre las superficies y acompañaba al visitante durante el recorrido. La intervención invitaba a detenerse ante un paisaje que podía reconocerse y, a la vez, descubrirse desde otra perspectiva.

Dentro del conjunto, una pieza se apartaba de ese lenguaje reflejante. Según explica Miguel, retomaba el color de la casa como un homenaje directo a ella. De esta manera, el proyecto establecía dos vínculos con su contexto: uno a través del reflejo y otro mediante el color.

El umbral entre dos mundos

La segunda razón para utilizar espejos pertenecía al sentido del altar. En la concepción de los autores, el jardín habitado por los visitantes representaba el mundo de los vivos. Su reflejo abría la posibilidad de imaginar el otro lado.

“El espejo es el portal que te transporta al mundo de los muertos en su reflejo”, señala Miguel.

Desde esa idea, mirar adquiría una dimensión ritual. El mismo paisaje existía frente al visitante y dentro del espejo, separado por una superficie que permitía verlo sin poder atravesarlo. Esa cercanía visual daba forma a una experiencia íntima: sentir próximo aquello que permanece fuera de nuestro alcance.

Además, Miguel distingue los elementos del conjunto: una ofrenda y tres pabellones o instalaciones de Día de Muertos. Esa precisión permite entender la propuesta como un recorrido, con distintas intervenciones que articulaban la relación entre arquitectura, paisaje y memoria.

Tres miradas, una construcción compartida

Detrás de esa experiencia hubo meses de conversaciones entre los autores. “Tienes que aventar 50 ideas sobre la mesa durante seis meses”, cuenta Miguel sobre el proceso creativo.

La frase permite asomarse a una colaboración hecha de propuestas, revisiones y decisiones compartidas. Encontrar un lenguaje común implicó explorar posibilidades y transformar las ideas iniciales conforme avanzaba el proyecto. Miguel lo recuerda como un ejercicio divertido y, también, exigente.

A ese proceso se sumó la responsabilidad de recibir al público. La obra debía convertirse en una experiencia para quienes llegaran a recorrerla, con sus propios recuerdos y su manera de entender la tradición.

En El otro jardín, el reflejo dio una forma espacial a esa búsqueda. Bastaba mirar hacia el jardín y encontrarlo de nuevo del otro lado para reconocer algo profundamente ligado al Día de Muertos: la posibilidad de sentir cerca a quienes ya no podemos tocar.

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