24 agosto 2026
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Personajes: Mathias Goeritz
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Lectura por vozMathias Goeritz: el creador que convirtió la emoción en espacio
Hay autores cuya obra puede reconocerse por una forma, un material o una manera particular de ordenar el espacio. La de Mathias Goeritz se distingue por algo menos tangible: la emoción. Sus edificios, esculturas y proyectos urbanos fueron concebidos como experiencias capaces de alterar la percepción, provocar recogimiento y establecer una relación sensible entre el ser humano y su entorno.
Nacido en Danzig —actual Gdansk, Polonia— en 1915, Goeritz estudió filosofía e historia del arte en Berlín. Su recorrido por distintos países europeos y el norte de África definió una mirada atravesada por las vanguardias, el expresionismo y el interés por las manifestaciones artísticas antiguas. En 1949 llegó a México, país donde desarrollaría la etapa central de su trayectoria y se convertiría en una figura determinante para el arte del siglo XX.
Un creador entre disciplinas
Goeritz se definía como un creador, una palabra que respondía mejor a una práctica situada entre la pintura, la escultura, la poesía, la docencia y la arquitectura. Su trabajo cuestionó las divisiones tradicionales entre disciplinas y propuso una integración en la que el espacio, la luz, el color y la escala participaban en una misma experiencia.
Su llegada coincidió con un periodo de transformación cultural en México. El muralismo todavía ocupaba una posición dominante, mientras comenzaban a surgir lenguajes vinculados con la abstracción y nuevas formas de comprender el arte público. La postura de Goeritz generó controversias, especialmente por su distancia frente al carácter narrativo y político de la tradición muralista.
Su obra planteó otra posibilidad: un arte que no necesitaba representar una historia para generar significado. La geometría, la materia y las proporciones podían actuar directamente sobre los sentidos.
El Eco y la arquitectura emocional
En 1952, el empresario Daniel Mont encargó a Goeritz la creación de un espacio con completa libertad. El resultado fue el Museo Experimental El Eco, inaugurado en 1953 en la colonia San Rafael de la Ciudad de México.
Goeritz diseñó el edificio como una escultura habitable. Los corredores estrechos, los muros inclinados, los cambios de altura y la entrada controlada de luz construyen un recorrido que modifica constantemente la percepción del visitante. Cada elemento participa en una secuencia espacial que invita al movimiento, la pausa y la contemplación.
El proyecto dio forma al concepto de arquitectura emocional. Frente al predominio del funcionalismo, Goeritz defendió una arquitectura cuya principal función fuera producir emoción. Su manifiesto recuperó la intensidad espiritual que encontraba en las pirámides, las catedrales góticas y los palacios barrocos, sin reproducir sus formas históricas.
El Eco también propuso una nueva relación entre las artes. La arquitectura dejó de funcionar como un soporte para piezas independientes y se convirtió en parte de una experiencia integral. Actualmente, el recinto pertenece a la UNAM y continúa operando como una plataforma para la experimentación artística.
La ciudad como experiencia visual
La búsqueda de Goeritz pronto se trasladó a una escala urbana. En colaboración con Luis Barragán, y con la participación de Jesús “Chucho” Reyes Ferreira, realizó las Torres de Satélite, inauguradas en 1958.
Los cinco prismas de concreto surgieron como un hito para marcar el acceso al nuevo desarrollo de Ciudad Satélite. Sus diferentes alturas, colores y ligeras inclinaciones producen una composición que cambia conforme el espectador avanza por el Periférico. La obra fue pensada para contemplarse en movimiento, desde el automóvil, como parte del paisaje de una ciudad que comenzaba a expandirse.
Con las torres, Goeritz y Barragán plantearon una monumentalidad abstracta que prescindía de pedestales, figuras heroicas y referencias históricas. El monumento se integró a la vida cotidiana mediante una imagen directa, reconocible y profundamente ligada al entorno urbano.
Una ruta construida desde el arte
Una década después, Goeritz concibió y coordinó la Ruta de la Amistad para la Olimpiada Cultural de México 1968. El proyecto reunió a artistas de distintos países para crear un corredor de esculturas monumentales al sur de la Ciudad de México.
Las piezas debían ser abstractas, construirse principalmente en concreto y mantener una escala capaz de dialogar con la velocidad de las nuevas vialidades. La Ruta convirtió el espacio público en una exposición abierta y planteó el arte como un lenguaje de encuentro entre culturas. Museo Experimental El Eco
El paso del tiempo, el crecimiento urbano y las modificaciones del paisaje alteraron la relación original entre las esculturas. Su permanencia también permite observar cómo la ciudad absorbe, desplaza y resignifica sus monumentos.
Oro, silencio y espiritualidad
La dimensión espiritual acompañó gran parte de la producción de Goeritz. En sus series de Mensajes utilizó superficies doradas que reaccionan ante la luz y transforman la contemplación en una experiencia física. El oro no aparece únicamente como un material ornamental; funciona como un campo luminoso asociado con lo sagrado, el silencio y la trascendencia.
Este interés también se manifestó en vitrales, cruces y esculturas destinadas a espacios religiosos. En estas obras, la abstracción se convirtió en una herramienta para provocar introspección, sin recurrir a representaciones figurativas convencionales.
Un legado que todavía se experimenta
Mathias Goeritz murió en la Ciudad de México en 1990. Su influencia permanece en generaciones de artistas y arquitectos interesados en la relación entre cuerpo, percepción y espacio.
Su obra abrió una pregunta que conserva vigencia: ¿qué esperamos sentir cuando habitamos la arquitectura? Ante espacios definidos por la eficiencia y la repetición, Goeritz propuso recuperar la capacidad de asombro.
El Eco, las Torres de Satélite y la Ruta de la Amistad no son únicamente piezas emblemáticas de la modernidad mexicana. Son experimentos que continúan activándose con la presencia, el recorrido y la mirada de quienes los encuentran. En ellos, la arquitectura adquiere espesor emocional y la ciudad se transforma en una experiencia sensible.
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