10 septiembre 2026
10 septiembre 2026
Diseño contemporáneo: del habitar al algoritmo
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Lectura por vozDel habitar al algoritmo
Por Mtra. Arq. Mariana de la Fuente Obregón y Arq. Juan Carlos Baumgartner.
Reconocida por su especialización en arquitectura interior, Mariana de la Fuente es coordinadora de la especialización en Arquitectura Interior en la Facultad de Arquitectura de la UNAM y editora del libro: Arquitectura interior como punto de partida.
“Milán no se sintió como una semana del diseño este año. Se sintió como una fábrica de contenido.”
La frase del arquitecto Juan Carlos Baumgartner tras Milan Design Week 2026 resume una transformación profunda del diseño contemporáneo: muchos espacios ya no parecen concebidos para ser habitados, sino para ser capturados y compartidos. El diseño deja de responder al cuerpo y comienza a responder a la lógica de la visibilidad.
El algoritmo como nuevo destinatario del diseño
El cambio más importante no está en los objetos, sino en el destinatario. El usuario ha sido desplazado por una nueva figura silenciosa: el algoritmo. Restaurantes, hoteles, tiendas e incluso espacios domésticos comienzan a proyectarse pensando en su circulación digital: el rincón fotografiable, la atmósfera reconocible, el gesto capaz de convertirse en contenido.
El algoritmo deja así de ser solo un medio de difusión para convertirse en un agente dentro del proceso proyectual. Y el diseñador participa también de esa lógica, porque la visibilidad se ha vuelto capital cultural, posicionamiento profesional y estrategia comercial.
Vivimos en una cultura saturada de estímulos donde la atención dura apenas segundos. En ese contexto, el diseño se adapta a la economía de la inmediatez: lo que no captura rápido desaparece.
El hospitality evidencia esta transformación con claridad. Muchos hoteles, cafés y restaurantes parecen diseñados más para producir evidencia visual de la experiencia que para generar experiencia en sí misma.
El espacio como experiencia humana
Sin embargo, el problema no es la tecnología. La misma tecnología que alimenta el algoritmo también ha permitido comprender mejor que nunca el impacto del espacio sobre la mente y el cuerpo.
La neurociencia, la cronobiología y los estudios sobre percepción multisensorial demuestran que el entorno modifica emociones, memoria, concentración y bienestar. El espacio no es un fondo pasivo: influye activamente en cómo pensamos y sentimos.
Quienes trabajamos en interiorismo llevamos décadas intentando desplazar la idea del diseño interior como simple decoración hacia una comprensión más profunda: la del espacio como agente emocional, cognitivo y social. Pero la cultura visual parece devolvernos al punto de partida. La fotografía reemplaza la experiencia; la estética desplaza la inteligencia espacial.
Como plantea Juhani Pallasmaa, la arquitectura significativa no se percibe solo con la vista, sino con el cuerpo entero. Habitamos con la piel, el oído, la memoria y el movimiento. Un espacio verdaderamente humano no puede explicarse por completo en una imagen. Exige presencia y tiempo. Y esa dimensión es precisamente la primera víctima de la lógica del contenido.
Frente a esto surge la línea de pensamiento desarrollada en el libro “Interiores del alma: Espacios para habitar lo humano” espacios que no solo resuelven funciones ni producen imágenes, sino que construyen vínculos entre la persona, la memoria y el entorno. Interiores donde la luz, la textura, el silencio y la escala participan en la construcción emocional de la experiencia humana. Diseñar desde ahí implica recuperar la sensibilidad como centro del oficio.
Diseñar para ser vistos o para ser vividos
La situación se vuelve todavía más compleja con la inteligencia artificial. Hoy comienzan a producirse interiores pensados desde su impacto visual incluso antes de existir físicamente: espacios optimizados para renderizarse bien y circular dentro de una estética digital homogénea. La pregunta ya no es solo cómo fotografiamos el espacio, sino cómo el algoritmo empieza a condicionar la manera misma en que diseñamos.
Frente a esto, el desafío no puede ser únicamente crítico; debe ser humano. Diseñar interiores implica volver a poner en el centro al cuerpo, la emoción y la experiencia vivida. Crear espacios que no aspiren a ser virales, sino memorables.
Y entonces, la pregunta se vuelve inevitable: ¿seguiremos diseñando para ser vistos o volveremos a diseñar para ser vividos?
Porque quizá el futuro del diseño no dependa de producir más imágenes, sino de recuperar la capacidad de imaginar espacios donde el ser humano pueda volver a sentirse presente.
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