29 mayo 2017

Teodoro González de León a 91 años de su natalicio

Compartimos el discurso de un gran arquitecto que el 28 de mayo de 2017 cumpliría 91 años.

Por: Retrato Carlos Madrid

El 28 de mayo Teodoro González de León, cumpliría 91 años y tras su partida el 16 de septiembre de 2016, nos ha tocado relatar y comprender su obra desde la identidad urbana y el legado arquitectónico en nuestro México. Recordamos su discurso otorgado durante el Premio a la Trayectoria que Glocal Design Magazine, entregó a uno de los máximos representantes de la arquitectura mexicana:

Hago arquitectura, pienso en arquitectura, todos los días desde hace 70 años: para mí no es un oficio, es mi forma de vida que me conecta con la ciudad, con las ciudades que son arquitectura colectiva que se hace en el tiempo y es el tiempo que hace y deshace las ciudades. La arquitectura me conecta con la escultura, con la pintura y con la música. Me hace viajar, me obliga a conocer los edificios del pasado y las obras actuales del tema que me han encomendado. Una forma de vida que me conduce a visitar las exhibiciones en museos y galerías de las ciudades que visito.

Sé que la arquitectura se nutre de las artes plásticas, de la música y, tal vez, de la literatura, pero ignoro cómo ésto sucede. ¿Será un proceso subconsciente dentro de nuestro cerebro?…

Desde los once años descubrí la música y la pintura, fueron mis pasiones juveniles, junto a las excursiones y la natación, la cual sigo practicando todos los días. Desde hace 75 años dibujo con la mano los esbozos de mis pinturas, ensamblajes, esculturas y los de todos mis edificios. Creo que el dibujo es el instrumento que descifra la complejidad de una pintura y el misterio espacial de la escultura y la arquitectura.

Me apasionan las medidas, los números y sus relaciones misteriosas, las proporciones que forman las tramas invisibles que arman mis composiciones plásticas y las organizaciones espaciales de mis edificios. También aprendí que las proporciones son metafísicas, no se pueden comprobar; las sigo utilizando como satisfacción personal de encontrar que una versión –entre miles de variantes posibles– se ajusta a los números y las cierra.

Es con la lectura que he ido aprendiendo a conocer a los otros, mujeres y hombres y poco a poco a mí mismo. No creo en el psicoanálisis (tampoco lo desprecio). Me apasiona la historia, leo mucha ciencia que nos habla de nuestra soledad abismal en un universo cada vez más grande y del otro universo insondable, de lo más pequeño, de la materia de que estamos construidos y del misterio de la consciencia de nuestro cerebro. La narración, la literatura, que como arte retrata a nuestros semejantes de manera profunda y directa, nos asombra y nos emociona. Nunca sabremos si todo ese conocimiento nos ayuda a hacer mejores edificios, pero sí siento que me conozco más.

Pienso que todo tiempo pasado nunca fue mejor, en ninguna época. Creo en el presente, que es cada vez más complejo, más intenso para mí. No pienso en el futuro que es impredecible –a corto y a largo plazo– porque es resultado de millones de voluntades disímbolas. Sólo lo podemos enfrentar con el conocimiento profundo del pasado de todas las áreas en que trabajamos.

Yo nunca he podido elegir mis obras, es la sociedad, los clientes que me las encomiendan, directamente o a través de la fortuna de ganar un concurso. Desarrollo mis proyectos y mis obras, junto con mis clientes. A veces éstos piensan “con ideas arquitectónicas” que acepto y celebro; otras, a la inversa, les hago cambiar el programa. Es una tarea difícil, rasposa, y dura el tiempo de la obra. Por eso digo que el cliente es también autor del proyecto.

La arquitectura se realiza en equipo. Un equipo que se va formando en el tiempo y, para mí, nunca mayor de 25 personas. Es el tamaño que me permite participar a fondo, con todo detalle, en los proyectos que se desarrollan simultáneamente, y gracias a un núcleo de colaboradores que se han hecho paralelamente a mi experiencia, que tienen que estar al día aprendiendo nuevos sistemas de representación que los obligan a nuevos entrenamientos y requieren de cambios constantes de los equipos electrónicos. Vamos al día. Mi tarea diaria de revisión de dibujos en pantallas, se ha complicado. Pero yo sigo entregando dibujos a mano para su interpretación electrónica.

“Gracias por escuchar este relato de cómo aprender el oficio de vivir…” nos dijo don Teodoro al terminar su discurso esa noche del 20 de agosto de 2015 en el Museo Franz Mayer.




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